Jim Delgado habla de seguros, miedo y poder cívico
Durante casi dos horas, el abogado Jim Delgado conversó con La Guía SRQ sobre lo que enfrenta hoy la comunidad inmigrante de Sarasota y Manatee: el miedo que se vive en la calle, las pólizas de seguro y el poder del voto. Ninguna de sus respuestas fue corta, y él lo sabe: “Este es el problema conmigo. No puedo decir sí o no”. La explicación cuelga de la pared de su oficina, prestada de Oscar Wilde: la verdad rara vez es pura y nunca es simple.
Socio administrador del bufete Shapiro | Delgado, dice tener 59 años y haber sido el primero de su familia nacido en Estados Unidos. Su madre era mexicana, de la frontera de Chihuahua y Juárez, y trabajó para el Departamento de Defensa comprando armamento. Su padre estuvo 26 años en el servicio militar. Creció en El Paso, en el South Side, y entró a la universidad demasiado joven. Peleó con sus padres, dejó de estudiar y se fue a la Fuerza Aérea, donde sirvió cuatro años como especialista en sistemas de navegación en aviones F-4 Wild Weasels. Bajo el sol de California miraba a jefes que no le parecían más inteligentes que él. “La única razón que ellos eran el jefe es porque estudiaban”, dice. Ese fue el cálculo que lo devolvió a las aulas.
De esos años saca una de sus ideas más incómodas. En la base uno no vive según su color sino según su rango, y eso le dio vecinos de todas partes. A los siete u ocho años dejó de escoger a sus amigos por ser hispanos. Hoy no se siente cómodo en un lugar cien por ciento hispano ni en uno cien por ciento americano.
Después pensó en ingeniería, porque los números le venían fáciles. Lo que le rondaba en la cabeza eran las conversaciones de su abuela mexicana sobre Benito Juárez, la gente indígena y los que cruzaban a trabajar. Le sonaba, pero lo descartaba: ayudar a la gente no daba dinero.
Lo convenció una discusión tonta. Viviendo en Puerto Rico, en un juego con amigos, argumentó cinco minutos que la mata de guineo no era un árbol sino una planta, hasta que le dieron el punto.
Una amiga le dijo lo que él no había querido ver: que nunca hablaba de ingeniería, que siempre hablaba de la pobreza, de la economía, de la sociedad. El lunes fue a preguntar cómo salir lo más rápido posible. Se cambió a administración de negocios, se licenció en la Universidad Interamericana de Puerto Rico en 1994 y aplicó a Stetson. En 1997 salió de ahí con el título de abogado y una maestría en negocios. Su abuela había querido ser abogada y no pudo: en su época una mujer soltera no se iba sola al Distrito Federal a estudiar. Cuando él se graduó, le mandó el certificado: llevaba el apellido de ella.
En casa aprendió otra cosa que hoy repite como consejo. Su madre trabajaba desde que él tenía cinco años y los conocidos preguntaban qué clase de hombre dejaba trabajar a su mujer. Su padre respondía que ella era adulta y haría lo que quisiera, y fue él quien le enseñó a planchar y a cocinar. “Ser hombre es alguien que se puede cuidar a sí mismo”, resume.
Empezó en lo penal, como defensor público en Bradenton. Hoy su trabajo son los accidentes de auto y la negligencia, incluidos los casos de personas sin licencia. Muchos colegas saben que ese cliente está desesperado y paga en efectivo, dice, y le cobran tres veces lo que él cobra. Por eso no los suelta.
De ahí sale el consejo más práctico de la conversación, y tiene que ver con algo que casi nadie lee: la póliza del carro. “No existe la palabra full coverage. Eso es un término inventado por la compañía de seguros”, dice.
La mayoría de la gente sabe solo dos cosas de su seguro, cuánto paga y cada cuánto, pero no sabe qué cobertura tiene. Y advierte que el vendedor no siempre está de su lado: en todos los demás negocios le tratan de vender más, y en seguros lo convencen de comprar menos. Lo que con frecuencia no le venden es la cobertura para daños a terceros y la de motorista sin seguro, la que lo protege cuando el accidente no fue su culpa y la otra persona no tiene con qué responder. Hay además una trampa de la que casi nadie se entera a tiempo.
La aplicación pregunta si en la casa vive alguien mayor de cierta edad, aunque no vaya a manejar, y esa persona debe aparecer en la póliza. Si el formulario lo llenó el vendedor, nadie tradujo esa parte y usted solo puso sus iniciales, la compañía puede negarle la cobertura después del accidente. Su oficina revisa pólizas gratis: basta con mandar una foto. Lo más importante, insiste, no es la póliza sino la aplicación.
“Hay dos cosas que mueven la gente en este país: la billetera y el voto”. Es la otra mitad de su mensaje y la repite desde hace años. La billetera ya se está moviendo, dice, porque el aporte económico de quienes no tienen papeles está documentado: la mayoría paga impuestos de nómina a través de un número fiscal que permite declarar sin tener residencia.
El voto es el que falta
Su lectura del cálculo político es fría. Después de cada elección los partidos revisan quién votó, y ahí ven que el peso del voto hispano no corresponde a su peso poblacional: comunidades más pequeñas pesan más en las urnas porque votan en mayor proporción. Que nadie se ponga en riesgo de una confrontación con la policía. Que si van a tomar o a fumar, sea en la casa y sin manejar después. Que la gente siga trabajando, siga cuidando a su familia y no se mude de estado por miedo, porque este también es su estado. Y que tengan cuidado con las redes sociales: si usted no lo vio personalmente, no existe. El miedo, dice, es justamente el objetivo, y la comunidad no necesita más.
Tampoco necesita, dice, un líder. “El líder es la abuelita que está cocinando. El líder es el chamaquito de 16 o 17 años que ya sabe lo que quiere hacer”. Durante años los verdaderos líderes de esta área fueron los dueños de tiendas: gente que llegó revendiendo desde una troca después del campo y que mandó un cuerpo de vuelta a su país cuando una familia no tenía cómo.
De ahí salen dos consejos más. A los dueños de negocio: saquen al muchacho de la tienda, déjenlo estudiar y pregúntenle primero qué quiere hacer. Y a quien empieza a ganar dinero: no amplíe la casa en el mismo vecindario. Su madre no preguntaba dónde vivía su gente sino dónde estaban las mejores escuelas, y compró pequeño dentro del distrito escolar que le convenía.
El dato que lo convenció se lo dio una directora escolar hispana que empezó trabajando en el campo: no mire el censo, mire el censo escolar. La proporción de estudiantes hispanos en Sarasota y Manatee es bastante mayor que la del censo general. Esa es la próxima generación que se gradúa.
Su consejo más reciente invierte el que daba antes. Durante años recomendaba a los jóvenes irse al mundo sin fines de lucro; hoy les dice que entren a las empresas, tengan su propio negocio y dediquen su tiempo libre a lo comunitario. Quiere esas voces donde se toman las decisiones. Él mismo se cansó de lo que llama la mesa de los niños.
Cuando se le pregunta qué quiere dejar, la respuesta no es legal. Camina la playa todos los días y lo único que quiere dejar ahí son sus huellas. Lo demás lo explica como una carrera de relevos: él se paró sobre los hombros de sus padres y alguien se va a parar sobre los suyos. Y agrega algo que suena a resumen de su vida: de ganar no se aprende nada; todo lo que sabe vino del fracaso.
Shapiro | Delgado atiende en español. Palmetto: 437 10th Avenue West, (941) 749-1446 Sarasota: 308 Cocoanut Avenue, (941) 954-4000.
La explicación está en la historia de cada país: donde se aprendió que el voto ya venía comprado, la gente llegó convencida de que votar no cambia nada.
Su propuesta para quien sí puede votar: escoger a diez personas cercanas y convencerlas de votar contra cualquier candidato que le falte el respeto al inmigrante, sin importar el partido, hasta que ambos tengan que cortejar a esta comunidad en serio. Cita California: cuando una campaña estatal se volvió abiertamente contra los inmigrantes, la respuesta fue registrar votantes, y el mapa político del estado cambió para siempre. Le duele más el hispano que vota contra los intereses de su propia familia que el vecino mal informado.
También pide desconfiar de dos ideas repetidas. Una, que un partido administra mejor la economía; él sostiene que las cifras no respaldan ese mito. Otra, que los temas de identidad sexual deban decidir un voto: “si no eres gay, qué te preocupa; si eres, qué te preocupa”.
A su juicio esos debates dividen a una comunidad que necesita concentrarse en lo que la afecta a diario.
Sus consejos para el día a día son sobrios.
Foto: Julio Castillo-Aparicio