El Sentimiento de culpa: Un autocastigo innecesario

Por Daniel Galilea

Los desórdenes, malestares y conflictos en los que están involucradas la ira, la indignación o la culpa son problemas frecuentes en las consultas psicológicas. Sin embargo, existe un enfoque diferente que se aparta de las visiones tradicionales en lo relativo a las emociones. Este enfoque sostiene que hoy en día algunas emociones son inservibles para el ser humano moderno a pesar de que las arrastramos desde la prehistoria. Sentirse culpable es destacado como uno de los sentimientos más innecesarios, y se proponen algunas ideas prácticas para desactivarlo y lograr una vida más serena y equilibrada.

Emociones Fósiles: Desafío a lo Convencional
Este enfoque atrevido desafía algunos planteamientos imperantes en la psicología al considerar que ciertas emociones como la ira o la culpa son totalmente innecesarias para el ser humano actual, aportando perjuicios psicológicos pero ningún beneficio. Se denominan ’emociones fósiles’ a estas alteraciones del ánimo, ya que el ser humano las arrastra desde la prehistoria, y se argumenta que son innecesarias e inservibles en el contexto moderno.

Con una argumentación novedosa, se intenta descartar el extendido mito de que todas las emociones sirven a un propósito y son adaptativas, es decir, que nos permiten adaptarnos adecuadamente al entorno y a la sociedad. En lugar de enfocarse en controlar o gestionar mejor esas emociones, como postulan las corrientes convencionales, este modelo ofrece herramientas para eliminarlas, al hacernos conscientes y responsables de nuestros actos de una manera más objetiva y constructiva. Esto no significa que nos convirtamos en seres débiles, egoístas o poco empáticos, sino más eficientes.

Desde este punto de vista, no necesitamos indignarnos o culpabilizarnos, porque esas emociones solo nos generan sufrimiento, desequilibrio y malestar. Por otra parte, se plantea que la mayoría de los enfados que experimentamos durante nuestra vida son inútiles, por lo que la meta no es controlarlos o gestionarlos mejor, sino acabar con ellos de raíz.

La Inutilidad de Sentirse Culpable
Respecto del sentimiento de culpa o culpabilidad, se explica que es considerado como una emoción secundaria y específicamente humana. Esto significa que es una experiencia autoconsciente con un componente cultural o moral importante en su configuración, a diferencia de las emociones primarias que son más instintivas y compartidas con otros mamíferos.

El propósito o función principal de la culpa ha sido siempre poner un freno interno a los impulsos agresivos, abusivos o dañinos para la comunidad, con la intención de preservar un comportamiento moralmente adecuado. Sin embargo, la culpa es considerada una emoción inservible o innecesaria porque, aunque su función es pretendidamente adaptativa, se trata de una estrategia emocional torpe en cuanto a sus resultados.

El hecho de que una emoción tenga un propósito supuestamente válido y adaptativo no tiene por qué ir acompañado de una estrategia adecuada para alcanzar dicho fin; de hecho, puede resultar completamente contraproducente en sus efectos. La culpa cumple su propósito de forma muy limitada y con importantes efectos secundarios. Por otra parte, es posible desarrollar maneras más evolucionadas y eficientes de corregir nuestros errores y de poner freno a nuestros impulsos dañinos. El sentimiento de culpa es metafóricamente comparado con la punta de un cuchillo intentando apretar un tornillo, y el planteamiento es fomentar una evolución hacia el uso del destornillador, es decir, de herramientas más adecuadas y eficientes.

Mecanismos y Efectos de una Emoción ‘Torpe’
Hay multitud de manifestaciones culposas que ilustran la torpeza de la culpa y los mecanismos mediante los cuales se genera en nosotros. Un ejemplo habitual ocurre cuando alguien va cediendo y permitiendo de forma continua ciertas presiones, controles o invasiones de otra persona (por ejemplo, su pareja o sus padres). Es muy probable que en diversos momentos, por acumulación, descargue comentarios estúpidos o agresivos.

Poco después, la persona que ha efectuado esos comentarios negativos comienza a sentirse culpable debido a las malas formas que exhibió y por haber herido a alguien querido. En este caso, la culpa parecería cumplir una función correctiva, consistente en evitar que se vuelvan a hacer comentarios de ese tipo. Sin embargo, lo que en realidad consigue es impulsar a la persona a que vuelva a ceder y permitir una excesiva invasión o control por parte de los demás. Se trata de una forma torpe de compensar un exceso, que solo consigue que la persona culposa vuelva a incubar una inevitable próxima explosión emocional, en un efecto pendular.

Este es un buen ejemplo de cómo la culpa aparece ante conductas que son ciertamente erróneas y dañinas, pero lo que consigue es facilitar la reincidencia, dado que suele empeorar las causas que han llevado a cometer ese error.

Una alternativa provechosa a este tipo de culpa radica en que la persona desarrolle una actitud de autoempatía (habilidad para percibir e identificar lo que sucede en nuestro interior) y de aprendizaje. Esto le ayudará a comprender apropiadamente los mecanismos que la han llevado a una explosión emocional, y a motivarse para ponerle límites a los demás de una manera más firme y continuada, y también más respetuosa.

Claves para Desactivar la Culpa
No existen recetas simples y rápidas para desactivar un sentimiento de culpa. Se necesita efectuar un trabajo psicológico continuado para mejorar nuestra autoempatía y tener una actitud comprensiva hacía los aspectos más fallidos de nosotros mismos. Solo desde el autoconocimiento, que se ve bloqueado por el juicio culpabilizador, es posible aprender y mejorar de manera duradera y ejercer la verdadera autorresponsabilidad: responsabilizarnos de nuestras acciones, decisiones y resultados en nuestra propia vida.

En este sentido, se recomienda que nos planteemos preguntas profundas y honestas: “¿qué es lo mejor que yo puedo hacer respecto del desvarío o error en el que he incurrido?”, “¿qué me ha llevado a él?”, “¿cuáles han sido las causas de lo que he hecho?”, “¿qué habilidades, comprensiones o actitudes he pasado por alto y tengo que incorporar…?”.

En ese proceso de ‘mirarnos hacia dentro’ también es preciso que nos hagamos otras preguntas de cuestionamiento acerca de las creencias o normas morales que sustentan la culpa. Preguntas del tipo: “¿y esto quién lo dice?”, “¿dónde está escrito?”, “¿qué pienso yo al respecto?”, “¿estoy de acuerdo?”, “¿esta creencia es realmente mía y me ayuda, o es una absurda adherencia que me han pegado a la cabeza?”. Es un reto difícil, pero necesario, convertirse en librepensador y en persona consciente.

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