Por Amalia González Manjavacas
El estado de nuestra visión requiere una atención constante, especialmente considerando que patologías como la miopía (37%), el astigmatismo (36%) y la presbicia (31,2%) son las principales afecciones oculares diagnosticadas en la población adulta. Además de estas, la visión borrosa, la sensibilidad a la luz, la irritación, el picor, el escozor y la sequedad ocular son síntomas que afectan a más de un tercio de la población, siendo el lagrimeo uno de los que provoca mayor incomodidad.
A pesar de estos elevados índices de problemas oculares, menos de la mitad de los afectados por estas u otras patologías reconoce haberse sometido a tratamiento médico. Solo en el caso del glaucoma existe una alta tasa de atención, lo que demuestra la falta de compromiso con el tratamiento de otros padecimientos. La dependencia visual es alta: la mayoría utiliza gafas de forma habitual o esporádica,
y un porcentaje significativo usa lentillas, causando incomodidad en un alto número de usuarios.
Limitaciones en el Día a Día y Bienestar
Los problemas de visión no son solo una cuestión de incomodidad, sino que generan limitaciones en las actividades cotidianas. Leer en el móvil y subir y bajar escaleras son dos de las actividades más frecuentes y que, a la vez, generan más dificultades.
Casi la mitad de los encuestados afirma que la vista afecta su capacidad para conducir (46%) y para trabajar (43%). En menor medida, también afecta la capacidad de socializar y de hacer deporte. Es particularmente relevante que un 17% afirma que su estado visual afecta incluso sus ganas de salir de casa.
Los problemas oculares impactan el bienestar global de la persona, provocando sentimientos de pérdida de control (24%), inseguridad (22%), y dependencia de otros (20%),
así como frustración y tristeza. Pese a que la mayoría de la población afirma que la visión le preocupa y defiende la conveniencia de las revisiones oftalmológicas anuales, la realidad es que ninguna franja de edad se revisa la vista anualmente, lo que evidencia una brecha entre la percepción y la acción preventiva.
Los Hábitos y el Ojo Seco
La falta de compromiso con la prevención se traduce en la poca importancia que se da a los hábitos en relación con la salud ocular, ya que menos de la mitad de las personas cree que sus hábitos afectan la vista. Aunque se reconoce un condicionante genético y la influencia de factores externos como la contaminación, son muchos menos los que creen que hábitos modificables, como el tabaco, el alcohol, la mala alimentación y el sedentarismo, pueden afectar la salud ocular. Los expertos indican que el ojo es un órgano vascularizado condicionado por el funcionamiento general del organismo, por lo que cuidar los hábitos contribuye a un mejor bienestar.
Otro factor que afecta son las preocupaciones y el estrés. Aquellos que reconocen altos niveles de estrés valoran su salud ocular significativamente por debajo de quienes sufren menos.
En cuanto a patologías específicas, la sequedad ocular es un síntoma cada vez más extendido, irrumpiendo incluso en la población joven, cuando tradicionalmente se asociaba a los mayores. La vida digital, con el uso constante de pantallas y la reducción de la actividad al aire libre, está detrás de este hecho. La actitud preventiva no avanza, y en un contexto de vida digital y sedentarismo, es fundamental que la población aprenda a distinguir las “alertas” visuales y no las considere simples molestias ante las que resignarse.