Por María Fernanda Aparicio
En la última década, nuestra relación con la tecnología ha dejado de ser una mera utilidad para convertirse en un condicionamiento biológico. Lo que antes llamábamos “revisar el móvil” se ha transformado en un acto reflejo que fragmenta nuestra capacidad de concentración y altera la química cerebral. Para entender por qué nos cuesta tanto soltar el dispositivo, debemos mirar hacia la dopamina, ese neurotransmisor que, lejos de ser la molécula del placer, es en realidad el motor de la búsqueda y la anticipación. Cada vez que hacemos scroll infinito, estamos accionando una palanca invisible que nos mantiene en un bucle de recompensa variable, muy similar al que experimenta un jugador frente a una máquina tragamonedas.
Este fenómeno no nos afecta a todos por igual, ya que el impacto de las redes sociales tiene matices profundos según la edad y el género. En la infancia y la adolescencia, donde el cerebro es todavía una estructura en plena formación, la exposición constante a la gratificación instantánea está reconfigurando la plasticidad neuronal. Esto se traduce en una alarmante dificultad para el aprendizaje profundo y una baja tolerancia a la frustración. Por otro lado, la sociología digital nos muestra que las mujeres suelen verse más afectadas por la comparación social y la ansiedad estética derivada de algoritmos que premian estándares irreales, mientras que en los hombres adultos se observa una tendencia al aislamiento y al agotamiento mental por el consumo de información fragmentada y competitividad digital.
Incluso en la madurez, la frontera entre la vida laboral y la personal se ha desdibujado. La necesidad de estar “siempre conectados” genera una carga cognitiva que nos impide entrar en estados de flujo, esos momentos donde somos más creativos y productivos. Para romper esta inercia, no hace falta una renuncia total a la tecnología, sino una reeducación consciente de nuestros sentidos.
La desintoxicación digital comienza con cambios estructurales en nuestro entorno cotidiano. Un ejercicio fundamental es la recuperación de la primera y la última hora del día: evitar las pantallas al despertar y antes de dormir permite que el sistema nervioso se regule sin el bombardeo de luz azul y estímulos externos. Otra técnica altamente efectiva es configurar la pantalla del teléfono en escala de grises; al eliminar los colores vibrantes, las aplicaciones pierden su poder de seducción visual y el cerebro deja de verlas como un foco de dopamina.
Asimismo, establecer “zonas sagradas” en el hogar, como la mesa o el dormitorio, ayuda a reconstruir el hábito de la presencia plena. Para quienes buscan un cambio más profundo, el ayuno de dopamina durante un fin de semana —dedicándose exclusivamente a actividades analógicas como leer en papel, caminar sin auriculares o cocinar de forma pausada— puede reiniciar los receptores cerebrales y devolvernos la capacidad de disfrutar de los placeres lentos. En última instancia, recuperar nuestra atención es el acto de rebeldía más necesario en la era moderna; es la única forma de volver a ser dueños de nuestro propio tiempo y de nuestra vida interior.